El porqué de un nombre.
Yo, como tantos otros españoles, tengo un pueblo. Una de tantas poblaciones repartidas por todo el territorio, en la que vivían mis abuelos , en la que veraneaba en mi infancia y que ha sido testigo del sufriento de estudiar las asignaturas pendientes de la carrera durante los meses estivales. Un concepto que por más que intente explicar a un extranjero no lo entiende:
-”Entonses… tu vivir en un pueblo?”
-No, no vivo, lo “tengo”.
El más cercano a entenderlo fue un turco que conocí mientras estaba de Erasmus. ¿Conexión mediterránea? No lo sé.
El municipio está situado en un teso y la casa de mis abuelos se situa en la parte alta, sin llegar a coronarla.
En diversas reuniones familiares, tras la pertinente comida que ahora llamaríamos biológica, los primos pequeños éramos desterrados al pasillo, mientras los adultos se disponían a discutir temas que “ni nos iban ni nos venían”. Ahí jugábamos a lo que se nos ocurriera y , cuando estábamos cansados, nos poníamos de charleta. ¡De cuántas cosas me instruí durante aquellos intercambios de palabras!
Pero cuando ya no había juegos ni charlas, nuestras mentes se nublaban maquinando cómo conseguir el Tesoro. Éste no era más que un tarro lleno de bolitas de anís que mi abuela tenía en el alféizar de la ventana de su habitación, al cual echaba mano cuando a mi abuelo no le dejaba en paz su bronquitis. El alféizar estaba bastante alto, y unos micos como nosotros precisábamos de sillas para llegar a él.
El plan fue abortado varias veces por nuestros padres, a quienes no les hacía gracia que cotilleáramos en las habitaciones de los mayores. Sus oídos vulcanianos detectaban cualquier movimiento en falso, o quizá fuera la ausencia de ruido en la que a veces nos movíamos lo que los alertaba. El plan fue refinado varias veces, en las que introdujimos el efecto despiste: entrar dónde estaban los adultos a por cualquier cosa y hablar un poquito con ellos mientras el resto de los Goonies emprendían la escalada hacia el premio.
Con el paso de los años, el tarro de bolitas desapareció. Supongo que sustituídas por algún medicamento que calmara la tos de mi abuelo de manera más eficaz. Más tarde mi abuela hizo lo mismo, por más que queramos no podemos disfrutar de nuestros seres queridos eternamente.
Así que ésta es la historia por la que mi blog se llama así. Un homenaje al recuerdo de uno de los momentos más divertidos de mi vida.